Se oyó una voz por el altavoz, esa voz de hombre formal e incorpóreo que avisaba: “Cuidado con el espacio entre el andén y el tren“. Iba dirigido a los pasajeros incautos para que no se cayeran a las vías. Richard, como la mayoría de londinenses, ya apenas la oía, era como papel pintado auditivo. Pero de repente, Cazadora le puso la mano en el brazo.
– Cuidado con el espacio entre el andén y el tren– le dijo, con urgencia, a Richard–. Ponte ahí detrás, junto a la pared.
– ¿Qué?– dijo Richard.
– He dicho– dijo Cazadora–, que cuidado con el…
Y entonces aquello subió de repente por el borde del andén. Era diáfano, irreal, una cosa fantasmal, del color del humo negro, y surgía como la seda bajo el agua. Entonces, a una velocidad increíble, aunque pareciera que una corriente lo empujara casi a cámara lenta, se envolvió con fuerza alrededor del tobillo de Richard y le picó, incluso a través del tejido de sus Levi’s. La cosa le arrastró hasta el borde del andén, y Richard se tambaleó.
Neil Gaiman, “Neverwhere“
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