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Nada empieza nunca.
No hay un primer momento; no hay una única palabra o lugar de los cuales esta historia o cualquier otra brote.
Los hilos siempre pueden seguirse remontándonos en el pasado hasta algún cuento anterior, e incluso hasta otros cuentos que precedieron a ese; aunque a medida que la voz del narrador retroceda, las conexiones parecerán hacerse más tenues, porque cada época querrá que le cuenten el cuento como si fuera una invención propia.
Así, lo pagano será santificado y lo trágico se convertirá en irrisorio; los grandes amantes quedarán reducidos a mero sentimentalismo y los demonios se convertirán en juguetes mecánicos.
Nada está fijo. La lanzadera entra y sale, realidad y ficción, mente y materia en forma de dibujos que posiblemente sólo tengan esto en común: lo que se halla escondido entre ellos es una filigrana que con el tiempo se convertirá en un mundo.
Debe ser arbitrario, entonces, el lugar en el cual elegimos embarcar.
Un lugar entre un pasado medio olvidado y un futuro vislumbrado sólo de momento.
Este lugar, por ejemplo
Clive Barker, “Weaveworld“
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